José no es un muchacho cualquiera. No a los ojos de Dios. Joven, fuerte, justo, bueno, piadoso, trabajador, fiel, alegre… José se hace un hombre y llega el momento de desposarse. Pronto se da cuenta de que María espera un niño y él no entiende cómo. José sufre.

 

Un Ángel se le aparece en sueños y le revela su misión: la de ser custodio de María y el Niño, al que le pondrá por nombre Jesús, que es el Hijo de Dios.

 

San José es el Padre y Señor de esta santa casa porque así lo ha querido Dios. Aunque ejerce su misión con discreción, con humildad, en silencio, su presencia es constante y de una fidelidad total, aun cuando no comprende.

 

José es el hombre de los silencios, pero silencios que están llenos de diálogo interior con Dios. Su vida es oración y su oración es vida. Vida ordinaria cuajada en oración: palabras, miradas, trabajo, descanso, juegos, abrazos… La oración es eso: trato continuo con Jesús para llegar a quererle con locura.