Se descubre en los niños un especial interés cuando oyen hablar del Cielo y de las verdades eternas. Los ojos de los niños brillan ante lo fantástico, les atrae aquello que se sale de lo natural. Con lo sobrenatural conectan inmediatamente, como si esas realidades maravillosas formaran parte de su ser niños.

Es muy propio en la infancia preguntarlo todo. Quieren saber cómo es el cuerpo de Jesús resucitado, les interesan las propiedades de ese cuerpo glorioso que atraviesa paredes y que a la vez se puede palpar, como hizo el apóstol Tomás. Les gusta saber que puede comer como nosotros, pues cuando se apareció a los discípulos comió, según el Evangelio de san Lucas, un trozo de pez asado. Les asombra que los discípulos no le reconozcan rápidamente, que pueda aparecer y desaparecer a su antojo.

Les encanta también pensar en la Virgen, y se la imaginan en el Cielo como la Reina de una gran fiesta celestial, con una corona muy grande, llena de diamantes y estrellas. Preguntan por el Purgatorio: qué hacen los que van allí, cómo pasa el tiempo en ese “sitio”… Comparan los sufrimientos del Purgatorio con los de la tierra y sacan conclusiones.